Si en el post anterior hablábamos del peligro de la apariencia, hoy nos toca ponernos la mano en el corazón para hablar de un yugo mucho más sutil y peligroso, porque suele camuflarse dentro de nuestras iglesias y ministerios: el yugo de la «pura exigencia».

En tiempos de Jesús, este era el yugo de los fariseos. Personas sumamente religiosas que, con la intención original de cuidar la ley, terminaron imponiéndose a sí mismos y a los demás un sistema de reglas humanas estrictas, asfixiantes y cargas pesadas difíciles de llevar.

Este yugo nos ataca directamente a las personas que servimos, trabajamos o lideramos en espacios de fe. Te empuja a decirle que sí a cada comité, a cada reunión, a cada proyecto y a cada necesidad ajena, ignorando por completo los límites humanos y saludables que Dios mismo diseñó para tu cuerpo y tu mente. Como bien explica el autor Henry Cloud en sus libros sobre límites, cuando somos incapaces de decir un «no» sano, terminamos sirviendo desde el miedo a defraudar, la culpa o el deseo de complacer, en lugar de servir desde el amor libre.

Yo caminé bajo ese yugo de la exigencia extrema. Durante mi etapa universitaria dentro del movimiento estudiantil, me autoimpuse la meta irreal de «ganar a toda la universidad para Cristo». Sentirme incapaz de lograr semejante carga me hundió en una depresión.

Recuerdo que tuvimos un semestre espectacular donde vimos el auditorio de la Facultad de Derecho de la UCR reventar de estudiantes durante la Semana U en una actividad evangelística hermosa que Dios nos permitió hacer. Cualquiera hubiera pensado que yo estaba en la cima espiritual. Pero llegó el siguiente semestre y me desplomé: me sentía completamente solo, deprimido, vacío y sin fuerzas ni siquiera para leer la Biblia. Me llenaba más leer el periódico. Estaba quemado emocionalmente por el activismo religioso.

He visto este mismo daño colateral repetirse una y otra vez durante los más de 30 años que llevo trabajando con jóvenes universitarios. A veces, la religiosidad de los adultos les amarra cargas tan pesadas e impositivas a los muchachos que, en el momento en que entran a la universidad y experimentan la libertad de la adultez, dejan la fe por completo. Tal vez, pensaban que las exigencias humanas que les impusimos eran mandamientos de Dios, y al sentirse defraudados, se apartan de la iglesia y del Señor.

El perfeccionismo religioso es una trampa sistémica. Te hace creer que para que Dios o tu comunidad te amen, tenés que ser un superhéroe espiritual sin fisuras. ¿El resultado? Migrañas, fatiga crónica, resentimiento oculto y un alma completamente seca que habla de Dios pero no tiene tiempo para estar con Dios.

Para pensar y vivir diferente hoy:

  • ¿A qué cosas o proyectos le estás diciendo que «sí» en tu iglesia, trabajo o familia solo por temor a lo que piensen si decís que no?
  • Poner límites no es falta de fe; es un acto de humildad que reconoce: «Dios es Dios, y yo soy solo un ser humano». ¿Qué límite necesitás establecer esta semana para proteger tu salud mental y familiar?


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«Usted no es lo que hace. Puede y debe evaluar sus comportamientos y su rendimiento para poder mejorarlos, pero nunca cometa el error de evaluar su esencia o su valía como ser humano basándose en ellos.» (Albert Ellis, Usted puede ser feliz: Terapia racional emotiva conductual para superar la ansiedad y la depresión, 1999)

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