En los evangelios, Jesús nos dejó una advertencia muy seria: «Guardaos de la levadura de Herodes» (Marcos 8:15). En su época, esto hacía referencia directa a los herodianos (¡ojo, no heredianos, que de esos hay muchos y muy buenos!). Los herodianos eran judíos con influencia que, por puro miedo a perder su estabilidad económica, su estatus y su posición social frente al Imperio Romano, pusieron en entredicho su fe y sus valores. Vivían ansiosos, agotados y con el corazón partido, porque su identidad estaba amarrada a las apariencias y a sus pertenencias temporales.
Hoy, ese yugo se ha mudado a nuestras pantallas. Se disfraza del deseo de encajar en una sociedad que nos dice que a los 30, 40 o 50 años ya debés haber alcanzado cierto nivel de éxito, manejar cierto carro o mostrar las vacaciones perfectas en redes sociales.
Funciona exactamente como «los turrones mágicos» que usaba la Bruja Blanca en Las Crónicas de Narnia para atrapar al pequeño Edmund: cada logro o cada «me gusta» nos da un subidón de dopamina en el cerebro, pero al poco tiempo querés más y más. Te metés en una carrera sin fin donde trabajás horas extra para pagar un estatus que no necesitás, buscando impresionar a gente que ni siquiera te conoce.
Yo conozco muy bien ese yugo. En lo personal, desde pequeño recibí mucho refuerzo emocional de estudiar y sacarme buenas notas. Me metieron el chip de: «Estudie para que sea alguien en la vida». Cuando inicié en la misión, tomé la decisión por fe de dejarlo todo e irme a Ecuador. En ese momento, estaba empezando el primer cuatrimestre de una maestría en literatura inglesa con una beca del 100% y un puesto casi asegurado en la facultad de letras de la UCR. Dejé la estabilidad y me fui.
Todo en Ecuador fue maravilloso, pero al regresar a Costa Rica vinieron los problemas. Hubo cambios en la organización con que trabajo, topé con un ambiente de equipo que se volvió tóxico y entré en una de las mayores crisis de mi vida. Mi mente empezó a atacarme: ¿Para qué te metiste en esto? ¿Para esto dejaste botada la maestría y la estabilidad laboral? Mi llamado y mi identidad se tambalearon en medio de un gran sufrimiento. Al poco tiempo me hice novio de quien es hoy mi esposa y el proceso se alivió; pero confieso que todavía y de vez en cuando esos pensamientos regresan. Mi tendencia natural ha sido la de verme tentado a amarrar mi valor personal a mis logros académicos o profesionales.
Albert Ellis, creador de la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC), explicaba que sufrimos porque nos imponemos creencias irracionales y exigencias rígidas como: «Tengo que ser exitoso en todo para valer algo». Pero la verdad teológica es otra: los cristianos no estudiamos ni trabajamos para «ser alguien»; nosotros ya somos alguien. Somos hijos amados de Dios. Tu salud espiritual y emocional se quiebra cuando amarrás tu valor a tu posición económica, tu título o tu influencia laboral.
Para pensar y vivir diferente hoy:
- ¿A qué le estás teniendo miedo hoy? ¿A perder el control financiero o a perder la aprobación de los demás si bajás el ritmo?
- Identificá si estás consumiendo «turrones mágicos» de dopamina (aplausos, compras impulsivas, comparaciones en redes) para tapar un vacío de identidad. Recordá: Tu valor no está en la piñata de confites por la que hay que pelearse en el mundo; tu valor ya fue pagado en la cruz.

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