Lecciones de una clase caótica para una sociedad ruidosa

Cuando estaba en noveno año, me tocó estar en lo que los profesores del colegio llamaban «la peor sección». Me alejaron de todos mis amigos y me metieron en la 9-2, tal vez por ser un estudiante tranquilo y callado. La lógica con la que los docentes armaban los grupos quizá no era la mejor para todos.

Recuerdo el día en que llegó una profesora nueva de Estudios Sociales a cubrir la incapacidad de nuestra docente titular, quien se había enfermado gravemente de la garganta (no sé si nuestro grupo había sido parte de la causa en la afonía de la pobre señora). En fin, en su primer día de clases, la profesora sustituta no pudo ni explicar su tema introductorio: no la dejaban hablar. ¡Que conste que yo estaba tranquilo! Ante el caos, la señora comenzó a “disparar” boletas (en mi época se llamaban observaciones) por doquier; hasta yo salí con una. Nunca hubo silencio para que la profesora pudiera comenzar a dar su clase. Como resultado de esto, la joven docente jamás volvió al colegio. No recuerdo qué pasó después con la materia, pero lo único que no olvido fue semejante escándalo.

Como sociedad, siento que llevamos años viviendo en medio de un escándalo similar. Si no me equivoco, llevamos más de doce años en esto —o tal vez fue que yo comencé a prestarle más atención a este alboroto hace poco más de una década—. Se vuelve imposible ignorar el barullo: resuena en la radio, en la televisión, en las redes sociales, en las aulas de escuelas, colegios y universidades, y en casi cada conversación día y noche. Incluso, amigos del extranjero me escriben para preguntarme qué está pasando en Costa Rica. Lo paradójico de todo esto es que, cuanto más se discute, se habla y se argumenta, más grandes parecen hacerse los problemas nacionales. De hecho, hemos visto cómo hay discusiones que se arrastran por décadas y no resuelven absolutamente nada.

Parte de la realidad es que existen fuertes diferencias políticas sobre muchos temas. No voy a ahondar en ninguno porque, de lo contrario, no termino nunca. Lo que sí puedo decir, y tengo muy claro, es que ese ruido constante no permite que las partes conversen de manera civilizada. Pareciera que, si no hacemos silencio primero, no vamos a llegar a ninguna parte; exactamente como sucedió en mi clase de Estudios Sociales décadas atrás (¡Hace como cuatro, para ser exacto! 😯).

En Costa Rica, necesitamos silencio primero. A mis 53 años, he ido aprendiendo que hacer silencio no significa necesariamente que me estoy quedando de brazos cruzados o sin hacer nada porque, como nos recuerdan los especialistas en comunicación para el ser humano, “es imposible no comunicar” (Watzlawick, 1971).

Siempre estamos transmitiendo un mensaje con nuestras acciones o inacciones, incluso sin hablar. El silencio es, en sí mismo, una potente forma de comunicación. Quienes somos seguidores de Jesús, recordamos la postura que Él adoptó una y otra vez. La profecía de Isaías, escrita cientos de años antes de que él naciera, lo describía así:

“Fue maltratado y humillado, pero nunca se quejó. Se quedó completamente callado…” — Isaías 53:7 (Traducción en Lenguaje Actual)

Este silencio de Jesús no representa un símbolo de debilidad, sino de un profundo dominio propio. Es el reflejo de no perder el control de sus emociones ni de sus circunstancias en ningún momento, a pesar de la condena injusta y del maltrato que estaba recibiendo.

No se trataba de que Jesús careciera de argumentos para defenderse ante la injusticia (no había engañado a nadie ni había hecho nada malo, pero lo trataban como a un gran criminal). Sin embargo, el escogió comunicarlo todo con su silencio. Su silencio no era señal de debilidad; era más bien la señal de tener su confianza puesta al cien por ciento en su Padre, quien no había perdido el control de nada y cuyo plan Él estaba cumpliendo de principio a fin. El silencio de Jesús fue la señal de un nuevo comienzo. Dios no ha perdido el control de Costa Rica, ni lo perderá.

Jesús permaneció tranquilo y enfocado en su misión. Jesús no salió huyendo de la injusticia ni de aquella gente tóxica; se quedó con ellos hasta el final. Se quedó y enfrentó todo el proceso ilegal con una paz que confundió a sus verdugos y que, hasta el día de hoy, nos sigue asombrando.

¿Qué pasa si, primero, no hay silencio? Las confrontaciones seguirán elevando su tono. Tal como lo explican los expertos en comunicación, al igual que en una discusión matrimonial, se genera una escalada simétrica que seguirá en aumento: la parte A eleva el tono o endurece el argumento; la parte B siente que debe igualar o superar esa fuerza para no perder, y así sucesivamente. Es un círculo vicioso que se retroalimenta del choque. Los enfrentamientos, fuerza contra fuerza, solo terminarán agotando a las partes, y los problemas seguirán agigantándose cada vez más, abonados por el conflicto.

¿Qué pasa si hacemos silencio? Primero, el silencio rompe el patrón de interacción. En una escalada simétrica, las partes no están interesadas en escucharse, sino solamente en qué van a argumentar con más fuerza apenas el otro termine de hablar. Si introducimos el silencio como respuesta, la resistencia se viene abajo. Seguir argumentando agresivamente en el vacío se vuelve incómodo y absurdo. Es como jugar al “tira y encoge”: cuando uno decide dejar de jalar el mecate, al soltarlo, el otro se queda sin motivos para seguir tirando (Harris, 2010).

Este silencio estratégico no consiste en aplicar la “ley del hielo” abandonando emocional o fiscamente al otro; es un silencio que obliga a las partes a buscar una nueva manera de interactuar. El silencio tiene un poder reorganizador. Sin los silencios, hasta la música más hermosa sería solamente un ruido continuo y agotador.

Segundo, el silencio deja de alimentar el problema y nos ayuda a despejar el panorama para mirar al verdadero enemigo a los ojos. Al bajar la guardia, esperanzadamente, podremos atacar la situación sin confundirnos y sin el peligro de herir al prójimo (quien, al igual que nosotros, tampoco podía ver con claridad ante tanta confusión).

Finalmente, se requiere una nueva manera de dialogar, no de monologar. El verdadero diálogo exige que cada uno se esfuerce en comprender, primero, qué es lo que el otro realmente está diciendo. En los conflictos de pareja, solemos pedirle a los cónyuges que expliquen con sus propias palabras lo que dijo el otro para comprobar si hubo una escucha atenta. Con un poco de esfuerzo, este ejercicio podría adaptarse a nuestros conflictos sociales y políticos. Esto requiere aprender a formular buenas preguntas y, de manera fundamental, llegar a la mesa de diálogo con una premisa clara: la otra persona no es el enemigo. El enemigo es el problema: la situación específica que debemos descubrir cómo resolver juntos lo más pronto posible.

Nota: Imagen ilustrativa generada por Gemini

Referencias

  • Harris, R. (2010). La trampa de la felicidad: Libérate de la ansiedad, empieza a vivir (p. 55). Editorial Sal Terrae.
  • Watzlawick, P., Bavelas, J. B., & Jackson, D. D. (1971). Teoría de la comunicación humana: Interacciones, patologías y paradojas. Herder.

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«Usted no es lo que hace. Puede y debe evaluar sus comportamientos y su rendimiento para poder mejorarlos, pero nunca cometa el error de evaluar su esencia o su valía como ser humano basándose en ellos.» (Albert Ellis, Usted puede ser feliz: Terapia racional emotiva conductual para superar la ansiedad y la depresión, 1999)

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