No aprendí a nadar hasta los 24 años. Antes de saber hacerlo, si estaba en una piscina o en la playa, siempre me aseguraba de no meterme más allá de donde pudiera sentir el suelo. El pánico se apoderaba de mí cada vez que perdía contacto con el fondo.
¿Qué me dictaba el instinto de supervivencia en ese milisegundo de terror? Luchá. Pateá. Manoteá. Tratá de salir del agua a la fuerza.
El cerebro entra en estado de alarma y te exige tomar el control inmediato de la situación. Así que empezás a agitarte con desesperación. Pero entonces ocurre lo inevitable: ese mismo pataleo frena tu respiración, te agota en segundos y te impide flotar naturalmente. Tu intento de solución se ha convertido en tu peor enemigo. Cuanto más luchás por salir del agua a la fuerza, más rápido te hundís.
La trampa de la «solución intentada»
Tu mejor intención puede terminar en la peor consecuencia. Los especialistas en el comportamiento humano han llamado a esta estrategia de control desesperado la solución intentada. Es ese momento trágico de la experiencia humana donde nuestras intenciones más «lógicas» para resolver un problema son, exactamente, las que lo alimentan y lo hacen más grande.
«El miedo empuja a la persona a evitar lo que teme o a intentar controlar sus propias reacciones, pero son precisamente estas «soluciones intentadas» las que transforman un miedo natural en un verdadero pánico. La única forma de superar el miedo es atravesarlo». Nardone (2004)
Vivimos aterrorizados de perder el control. Creemos que si soltamos el volante de nuestra vida, o el de las vidas de quienes amamos, todo se hundirá.
Operamos como alguien que intenta mantener una gran bola de playa sumergida bajo el agua. Exige un gran gasto de energía, tensión constante y una vigilancia absoluta. Y si por un segundo aflojamos la presión, el balón sale disparado con violencia, a menudo golpeándonos en la cara.
Así reaccionamos en nuestras crisis relacionales y personales:
- Si nuestro cónyuge se molesta: Lo perseguimos con argumentos y reclamos, intentando forzar la conexión (hundir la pelota), logrando únicamente un rebote de resentimiento y un mayor aislamiento.
- Si sentimos ansiedad: Intentamos suprimirla por la fuerza o evitarla a toda costa, convirtiendo un temor natural en un ataque de pánico debilitante.
- Si nuestros hijos adolescentes toman actitudes que nos asustan: Socamos las riendas y multiplicamos los sermones. Aumentamos la presión para someterlos, empujándolos a una escalada de rebelión explosiva.
Operamos bajo la ilusión de que más ganas, más fuerza y más presión nos devolverán la estabilidad.
La paradoja: rendirse para flotar
¿Qué me decía Richard Smith, mi profesor de natación en la UCR, cuando entraba en pánico o me cansaba en el agua? La respuesta es un insulto a nuestra necesidad de control: «Tenés que flotar, relajate y dejá de moverte tanto».
Para no hundirte, debés acostarte boca arriba, abrir los brazos, llenar tus pulmones y mirar al cielo. Tenés que dejar de pelear contra el agua y confiar. En otras palabras: para recuperar el control, primero tenés que renunciar a él.
Como yo no quería aprender a flotar mi profesor decidió darme clases en la piscina de clavados. Esto me obligó a renunciar a la idea de sentir el suelo y dejarme llevar por el agua.
Para poder pensar diferente y vivir diferente, necesitamos aplicar este principio contraintuitivo a nuestros conflictos. La verdadera transformación no viene de hacer «más de lo mismo» ni de patalear con más ganas. Viene de dejar de batallar en nuestras propias fuerzas. Viene de la rendición.
La obsesión del control versus la espiritualidad
Al fin y al cabo, nuestra obsesión por el control es un problema espiritual. Es la creencia soberbia de que nosotros somos nuestros propios salvavidas.
Ya desde los evangelios queda claro que Dios no nos lanza un manual con instrucciones para patear más fuerte. Él nos invita a la rendición total: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.» (Salmo 46:10)
Esta no es una simple frase tranquilizadora. Es una seria invitación a dejar de operar en nuestras propias fuerzas, a acostarnos de espalda sobre la gracia y permitir que Él nos sostenga cuando sentimos que nos ahogamos.
A veces, la acción más valiente y transformadora que podemos tomar frente a un problema aparentemente imposible no es pelear con más fuerza, sino levantar las manos, dejar de manotear y decir: «Señor, te entrego el control».
Preguntas de reflexión
- En este momento de tu vida, ¿cuál es esa situación desafiante que te genera temor y en la que instintivamente estás luchando y pateando con todas tus fuerzas, solo para darte cuenta de que ese mismo esfuerzo te está agotando y hundiendo más rápido?
- Considerando la cita de Nardone, ¿cuál es esa estrategia de control «lógica» que aplicás repetidamente (con tu cónyuge, hijos o ansiedad) que, paradójicamente, está alimentando el problema y haciéndolo más grande?
- ¿Hacia qué persona o circunstancia estás aplicando una presión constante y agotadora y qué es lo peor que creés que pasaría si dejaras de ejercer esa presión?
- Al reflexionar sobre el Salmo 46:10, ¿qué creencia soberbia sobre ser tu propio salvavidas te impide aplicar la acción valiente de «levantar las manos» y descansar en la gracia, confiando en que Dios te sostendrá?
NOTA: Ilustración generada para este artículo utilizando la inteligencia artificial de Google.
Referencias
Nardone, G. (2004). El arte del cambio: Trastornos fóbicos y obsesivos (M. Pons, Trad.). Herder Editorial. (Obra original publicada en 1990).
Santa Biblia, versión Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas Unidas.

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